viernes, 31 de octubre de 2014

El Muro de Berlín no termina de caer Jean Maninat



El Muro de Berlín no termina de caer


           JEAN MANINAT 
El 9 de noviembre que se avecina, se cumplirán 25 años de la caída del Muro de Berlín, símbolo universal de la desgracia comunista y engañoso RIP de los Estados fraguados bajo la impronta estalinista, cuando los habitantes  de la República Democrática Alemana (RDA), supuesto paraíso igualitario de entonces, decidieron demoler los kilómetros de cemento armado y represión que los separaba de la libertad, bienestar y progreso que vivían sus tíos, primos, y uno que otro familiar lejanamente consanguíneo, a vuelo de piedra. Miles de ciudadanos alemanes fueron acribillados por la celosa puntería de los guardias fronterizos encargados de velar -desde las alturas de sus torres-  que las maldades del capitalismo no se colaran desde Berlín Occidental, para vulnerar la "felicidad" impuesta por un Estado policial cuya milimétrica opresión de sus habitantes sentó escuela entre los bondadosos constructores del "hombre nuevo".
Fue con razón una fiesta universal de la democracia. Inspirado por el evento, Francis Fukuyama decretó el Fin de la historia y el triunfo de la sociedad liberal, se acunó la esperanza de un mundo progresivamente liberado de la opresión de los "benefactores sociales", se unificó bajo el signo de la libertad, con grandes esfuerzos, al pueblo alemán, y se pensó que lo peor había quedado definitivamente atrás. Pero no fue así... exactamente.
Cinco lustros después, Putin ha fermentado de nuevo la viejas ansias imperiales de la Rusia soviética, en China una nomenclatura convulsa intenta perpetuar la quimera del desarrollo económico sin libertades políticas, en Cuba intentan redimirse de las tonteras económicas cometidas y la extrema penuria infligida a sus habitantes a nombre de una revolución que se sustentó en  la adoración insensata de un líder y sus frenesíes. ¿Cómo hacer una disección más o menos certera de ese zombie residual de la Guerra Fría que mientan Corea del Norte? Todo labrado consciente y cruelmente a nombre de lo "mejor" para la especie humana.
En este lugar del universo que llamamos Iberoamérica, Latinoamérica, América, o como mejor guste denominarlo, nos enfrentamos a los detritos dejados por la eclosión de la Guerra Fría. Los "benefactores" del pueblo han recogido los pedazos del meteorito polarizante que se estrelló hace 25 años para retomar la vieja adicción de dividir las sociedades entre "buenos y malos".  La lucha de clases, sin reclamar el gentilicio marxista, subraya  los discursos de los líderes populistas en el afán de perpetuarse en el poder, así sea intermitentemente, escogiendo a dedo a su sucesor. Es lo que se acuñó en su momento como el "Proyecto" para tirar por la borda la alternancia en el poder y dedicarse a "forjar" un nuevo país a expensas de todo el país. Sólo que los cadáveres salen de los closets, los socios se hacen más exigentes, y los que ayer, como el proletariado, "no tenían más que sus cadenas por perder" se hacen más exigentes y siguen queriendo más y mucho más en una escalera sin retorno de expectativas de ascenso social. No otro es el destino incierto del populismo, por más que atenúen con dádivas sus propios desaciertos económicos.
En Venezuela, país regentado por una nomenclatura que pretende gobernar a partir de la repetición de viejas consignas de la Guerra Fría, se quiere edificar unMuro de Berlín criollo para dividir la sociedad en un artificioso ellos y nosotros. En la división se les va la vida, por eso recurren al odio de clases, el estigma a los que piensan diferente, la persecución de los propios apenas pestañean una opinión alternativa, la escocedura permanente de un lenguaje arrebatado para desollar verbalmente a los millones de ellos que se resisten democráticamente a la insensatez de sus designios.
Desmontar la división artificiosa del país, la polarización inducida desde las alturas del poder para beneficio propio, es el cometido más urgente y laborioso que tienen las fuerzas del cambio democrático. Derrumbar ladrillo a ladrillo, voto a voto, lo que queda del muro que se niega a caer. Esa es la calle que hay que transitar.

@jeanmaninat

¡Qué diferencia! Pompeyo Márquez

¡Que diferencia!


Pompeyo Marquez

Los resultados de las elecciones brasileras comienzan a marcar uan diferencia sustancial con la situación venezolana. La reelecta mandataria Dilma Rousseff recibe un país totalmente polarizado con la mitad en contra, para no decir con una mayoría en contra si sumamos a los abstencionista.
¿Cuál es la primera reacción de la presidenta reelecta? Ofrece llamar al diálogo y a cambios profundos para lo cual necesita unir al país. En Venezuela se dio una situación similar en las elecciones del 2013. ¿Qué hizo Maduro? Llamar a profundizar el socialismo del siglo XXI, continuar el “legado” de Chávez: un país destruido, un aparato productivo liquidado, una crisis económica profunda.
Maduro perdió la oportunidad del diálogo y convirtió a éste en una mascarada y en una burla al país. Son entonces dos maneras de conducir un gobierno, de interpretar una realidad: una de una democracia consolidada, otra, de una dictadura manejada por una camarilla militar-civil que se quiere perpetuar en el poder y que cierra toda posibilidad de alternabilidad, inclusive existiendo una mayoría partidaria de ésta.
Maduro debería verse en ese espejo, en el comportamiento de la Rousseff ante una victoria apretada, que no significa que se le dio un cheque en blanco para gobernar. Maduro escogió el camino de la confrontación y de la represión a la justa protesta por las demandas sociales que tenían un carácter pacífico, y fueron ensangrentadas, con detenciones en masa, torturas, juicios ilegales.
La Rousseff llama al diálogo para hacer progresa al Brasil, Maduro llama  a la confrontación que profundiza la crisis sistémica que padece Venezuela. Una crisis que es política, social, económica, cultural, educacional, sanitaria, que comienza a ser reconocida como tal por sectores del chavismo como el “Colectivo 5 de marzo”, que habla de un país “corrupto e inflacionario” y que ha sufrido también los embates del ministro policía recién destituido y ahora van por Diosdado. Víctor Alvarez habla de un gobierno de transición. Felipe Pérez y Nicmar Evans cuestionan la idoneidad de los asesores del gobierno en materia económica. Esta nueva realidad no se debe ignorar.

Queremos subrayar en este comentario la diferencia de actitud de ambos presidentes y que los consiguientes resultados tendrán que ser igualmente diferentes: en Brasil, consolidar una democracia, en Venezuela ¡conquistar la democracia!

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Colectivos y. Militares.....Trino Marquez

opinión

Trino Márquez

Colectivos y militares: Gómez escandalizado 

30 Octubre, 2014
En la salida de Miguel Rodríguez Torres del MIJ seguramente confluyeron varios factores: la disputa soterrada e interminable entre Diosdado Cabello y Nicolás Maduro, las rencillas entre grupos opuestos dentro del oficialismo, la independencia y poder que había concentrado el ministro defenestrado y, sin duda, el peso de los colectivos, legado del comandante eterno. 
Los grupos de terror armados, llamados de manera eufemística “colectivos”, fueron alentados por Hugo Chávez especialmente a partir de los sucesos del 11-A. Su antecedente son los Círculos Bolivarianos. La desconfianza de Chávez en las Fuerzas Armadas después de haber salido de Miraflores durante más de 48 horas aumentó su paranoia. A partir de esos sucesos tomó dos medidas: colocar miembros de su más estricta confianza en los cargos clave de la estructura castrense y promover la formación de su ejército particular, conformado por las milicias formales, creadas por ley, y las fuerzas irregulares de choque civiles (colectivos). Estos se convirtieron en sus centuriones, cuerpo armado dispuesto a entregar la vida por el caudillo y su revolución. A estos grupos los fanatizó, les entregó parcelas de Caracas y los empoderó para que fueran capaces de actuar incluso contra los cuerpos de seguridad del Estado, en el caso de que estos desacataran sus órdenes. Las bandas armadas son hijas de Chávez. Así se perciben a sí mismas y las ve el ala más radical del chavismo.
El gobierno de Maduro utilizó a esos grupos para que apoyaran a la Guaria Nacional Bolivariana y a la Policía Nacional en la represión de las protestas estudiantiles. Los grupos irregulares le sirvieron al régimen para demoler las barricadas y aliviar la responsabilidad del gobierno.
Rodríguez Torres y Cabello, tal vez presionados por los militares más profesionales y menos ideologizados, luego de haberlos utilizado como ariete y escudo protector, quisieron darles un parado a algunos de esos grupos, envalentonados por el arsenal del que disponían, convertidos en obstáculo para impulsar el plan de desarme aprobado por el Gobierno y devenidos en pandillas delictivas. El aniquilamiento de los miembros del colectivo 5 de marzo estuvo precedido por el secuestro de una patrulla del CICPC. Este desafío a la autoridad del Ministerio del Interior fue castigada con la violencia que todos conocemos. Su dirigente más destacado, José Odremán, fue acribillado, al igual que cuatro de sus compañeros. La reacción de los otros soldados de la revolución fue inmediata. Declararon enemigos a Rodríguez Torres y a Cabello y exigieron la salida del primero del MIJ, logrando que a los pocos días saliera eyectado el ministro, hasta ese momento uno de los hombres fuertes del régimen y estrella en pleno ascenso. Maduro y su entorno aprovecharon el episodio para quitarse de encima a un serio competidor.
Frente a la opinión pública quedó claro que Maduro cedió ante la presión y las amenazas de los irregulares. Sus inclinaciones izquierdistas y, tal vez, su temor a los militares anticomunistas que aún deben de quedar en la FAN, lo llevaron a ceder ante las exigencias de los grupos de terror.
Esta insólita decisión del jefe de Estado resitúa a Venezuela en el siglo XIX, cuando el Ejército regular todavía no se había formado y el país estaba comandado por caudillos que contaban con sus propios ejércitos particulares. Hombres que desafiaban la autoridad del Estado, asaltaban, cargaban con botines e imponían sus propias leyes.
La destrucción de la FAN no se expresa solamente en su grosera politización –de la cual Padrino López es una burda expresión-, sino también en la renuncia a poseer de forma exclusiva, tal como lo establece la Constitución, el uso legítimo de la fuerza. Ahora esta función intransferible de todos los cuerpos de seguridad del Estado tiene que compartirla, porque así lo decidió la cúpula comunista que dirige el Gobierno, con los grupos paramilitares fomentados por Chávez y, ahora, por Maduro para socavar la autoridad de la institución castrense. Señores oficiales, bienvenidos al siglo XIX. Gómez estaría escandalizado.

Visita del Padre Arturo Sosa Abascal ........

Visita del padre Arturo Sosa Abascal, S.J., al Centro de Fe y Culturas de Medellín

El jueves 14 de agosto se llevó a cabo un conversatorio en el Centro de Fe y Culturas de Medellín, entre los miembros y directivos de dicha institución y Arturo Sosa Abascal, S.J., jesuita venezolano, director del Centro Social de los jesuitas en Venezuela, exprovincial de Venezuela, rector de la Universidad del Táchira en San Cristóbal y Analista Político.
Miembros y empleados del Centro de Fe y Culturas de Medellín se reunidos con el padre Arturo Sosa Abascal S.J.
El objeto de la reunión fue discutir sobre la situación sociopolítica de Venezuela, el padre Sosa basó su intervención en 4 puntos:
1- Punto de partida:
“Venezuela es una sociedad herida y resentida. Es necesario pasar de los prejuicios a la reflexión, análisis y propuestas alternativas”.
“El tema de fondo en Venezuela es cómo construir una legitimidad política”.
“Si no se supera el rentismo como cultura política en Venezuela no es posible pensar en un futuro sostenible”.
2- Caracterización del régimen Chavista
“Sistema de dominación “cívico-militar”, con primacía de la lógica militar”
“El origen del Chavismo es la ausencia de legitimidad política”
“Régimen Estatista, Centralista, presidencialista y Autocrático”

“El régimen chavista es una tiranía de la mayoría”
“El poder en Venezuela está desnudo, porque no está vestido de contrapesos institucionales”.
3- ¿Cómo se puede pasar de la mera oposición al régimen, a la creación de una alternativa democrática?
“No existe aún la alternativa democrática a partir de sujetos políticos organizados”.
“En la alternativa hay dos opciones: la dictadura se sustituye por la fuerza o a la democracia solo se llega construyendo base social y política.
“La forma de construir una fuerza social democrática en Venezuela es a base de hablar para convencer a la ciudadanía. Persuasión y perseverancia”.
“Construir la legitimidad en Venezuela requiere un horizonte compartido, entre ricos y pobres o chavistas y no chavista. Se debe superar la polarización”.
4- Legitimidad y falsos dilemas
“Fundar la legitimidad política”.
“Lograr que la democracia sea el horizonte compartido por todos”.
“Los jóvenes o si se quiere el movimiento estudiantil sin programa, ni conexión orgánica”.
“No existen otras alternativas políticas en Venezuela, lo que existe es una oposición al Chavismo”.
“Es necesario salir al encuentro para superar la polarización y superar además la cultura rentista”.
“En Venezuela el Estado no depende económicamente de la sociedad, se sostiene por la exportación y venta del recurso petrolero”.
“Uno de los mayores éxitos del Chavismo es lograr que se le vea al interior como proyecto social, que hace justicia social y que atiende las necesidades de las mayorías”.
“En Venezuela se debe recuperar la confianza en la palabra, nadie cree en nadie”.
“Es necesario el reconocimiento del otro para dialogar y crear las bases de la reconciliación”.
El encuentro contó con la participación de 22 personas, en los próximos días podrán encontrar en video la charla del padre Sosa en nuestras redes sociales.

El 11/A y la deriva autoritaria .....Margarita López Maya

golpe300
Volver sobre el 11 de abril de 2002 no resulta tarea fácil. Sobre ese evento seguimos los venezolanos teniendo interrogantes y emociones. En mi caso particular, sobre el 11-A he escrito varias veces, antes y después de que sucediera. Ahora, cuando reviso esos artículos y otros materiales para emprender esta reflexión diez años después, no deja de sorprenderme lo anunciado que fue este suceso. Lo que tuvo de predecible. Lo tuvimos ante nuestros ojos con meses de anticipación, sin embargo, cuando llegó, pareció increíble. Ahora tiene algo de irreal, pero en el discurso político, en las conversaciones y en los diversos estudios, sigue siendo un evento que condiciona nuestro presente y porvenir.

En este ensayo planteo mi interpretación sobre el 11-A, un evento que ha marcado la suerte política de la República Bolivariana de Venezuela. Se desarrolló en un contexto caracterizado por una “lucha hegemónica” entre dos polos de fuerza política muy pareja, cuyos líderes se percibieron con proyectos políticos diametralmente opuestos e irreconciliables. Antes del 11-A, ambos polos jugaron en el filo entre la legalidad y la insurrección hasta que uno de ellos rompió el hilo institucional. En la confrontación polarizada quedamos atrapados la mayoría de los ciudadanos de a pie, ignorantes o no, suficientemente conscientes de los intereses que estaban en juego. Las consecuencias del encontronazo, llamado por el padre Arturo Sosa el “choque de trenes”, las venimos padeciendo desde entonces y están a la vista. El 11 de abril se prolongó en otros eventos hasta llegar a las elecciones parlamentarias de 2005, cuando el presidente Chávez emergió casi invicto y solo en el campo de juego. Del despojo del combate emergió fortalecido con él el proyecto político “revolucionario”, autoritario y no participativo, llamado “socialismo del siglo XXI” ahora en pleno desarrollo. Este nuevo proyecto, que mantiene y estimula desde el Estado-Gobierno- PSUV la polarización política, pudiera, de ganar el presidente Chávez las elecciones de octubre de 2012, enterrar a la “democracia participativa y protagónica” de la Constitución de 1999. ¿Tanto nadar para terminar ahogados?
Esta reflexión está organizada de la manera siguiente: primero me referiré a la “lucha hegemónica” que tenía lugar en la sociedad. Pondré de relieve cómo ella, conducida por un liderazgo extremadamente polarizado, desembocó en una vía violenta para resolver el conflicto político. Segundo, describo someramente los hechos del 11-A y su trasfondo: dos polos políticos que imbuidos de “indignación moral” se sentían con legítimo derecho a jugar por fuera del estado de derecho[1]. En la tercera y última parte, expondré cómo el resultado del 11-A condiciona desde entonces aquellos procesos en que las instituciones de la democracia venezolana, tanto las liberales y representativas, como las de democracia directa y participativas, parecen sucumbir ante un proyecto político crecientemente militarista y autoritario en el siglo XXI.
Crónica de un desastre anunciado
Desde los años ochenta del siglo pasado, el proyecto modernizador que había orientado el devenir de la sociedad venezolana entró en un declive que se hizo irreversible. La economía perdió el rumbo, muchas conquistas sociales retrocedieron, la protesta callejera se hizo protagónica y el rechazo a los actores hegemónicos, principalmente a los partidos políticos que forjaron la democracia representativa desde 1958, se hizo cada vez más evidente. El Viernes negro de 1983 marcó el inicio de una creciente concientización de la sociedad sobre los límites de su modelo industrialista impulsado por el ingreso fiscal petrolero. El Caracazo de 1989 fue un paso más en la crisis. La acción represiva desproporcionada del Estado durante este estallido social produjo un distanciamiento entre los actores políticos que habían conducido los cambios modernizadores y democráticos, y sus bases populares. La incapacidad de las élites de conjurar la crisis económica, las soluciones neoliberales de reducción del Estado y del gasto social, la represión a la protesta popular, las denuncias de corrupción, terminaron produciendo en los años noventa una ruptura de los pactos sociales y políticos, y de las normas de convivencia pacífica que existían en la sociedad. En esa década se llevarían a cabo dos fallidos golpes de estado, en 1992, y múltiples expresiones cada vez más extensas y numerosas de violencia y desobediencia social. Hacia fines de siglo crecía la fractura de la sociedad y se expandía un sentido común anti partidos y anti política.
Sobre este escenario convulsionado se fue desarrollando una “lucha hegemónica” para concretar otro proyecto de país, que incluiría forzosamente una nueva conducción política. Siguiendo a Gramsci, la lucha hegemónica implica una creciente y sostenida organización y confrontación entre actores sociales y políticos, una “guerra de posiciones”, donde unos ganan fuerza y otros se debilitan o son desplazados, donde unos van avanzando y otros retroceden. Comprende, asimismo, una permanente interacción entre los actores que permite la conformación de proyectos de país, acordes con los intereses, demandas y sueños de quienes están participando (López Maya, 2005). Las propuestas particulares se van negociando y modificando en la interacción pues, en aras de ser incluidos, los actores cambian o ceden en aspectos de sus proposiciones iniciales, adquiriendo las propuestas mayor universalidad y legitimidad. La sociedad venezolana, al finalizar el siglo XX, se encontraba imbuida en esta lucha en la que se venían cristalizando proyectos de país. Pareció, hacia fines de siglo, que la sociedad comenzaba a albergar importantes consensos con relación a un modelo político de mayor democracia, pero eran evidentes las pugnas irreconciliables entre actores en torno a los parámetros más idóneos para retomar el crecimiento económico y que éste se articulara con éxito en el mundo globalizado que se desarrollaba (Gómez Calcaño y López Maya, 1990).
En la contienda electoral de 1998, la lucha hegemónica desembocó en el triunfo del liderazgo de Hugo Chávez y su proyecto político “bolivariano”, que se expresará en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (en adelante CRBV) aprobada en 1999 por referendo popular y contentiva de una “democracia participativa y protagónica”. El movimiento bolivariano recogió el conjunto de propuestas que se estuvieron cocinando en la sociedad en las décadas pasadas. Propuestas institucionales como las derivadas de la Comisión Presidencial de Reforma del Estado (COPRE), en la que cuajó el consenso necesario para lograr una reforma que descentralizara el poder político, otorgándole a las comunidades regionales y locales el derecho de elegir a sus autoridades y a gestionar los servicios públicos desde esa perspectiva. El principio participativo y los mecanismos de democracia directa, habían sido propuestos ya en la fallida reforma constitucional elaborada por la Comisión Bicameral Especial para la Reforma Constitucional, presidida por Rafael Caldera (1989 y 1992). Los mecanismos directos de participación de las comunidades organizadas en la gestión pública fueron también experimentados por los gobiernos regionales y locales de izquierda, que ganaron alcaldías y gobernaciones en los años noventa. Finalmente, nutriría también al proyecto bolivariano, las demandas por un Estado garante de los derechos sociales y económicos de las mayorías pobres y empobrecidas, que se expresó permanentemente en las motivaciones de la protesta callejera (López Maya, Smilde y Stephany, 2002).
Con la aprobación de la CRBV entramos en una nueva fase de la lucha hegemónica, pues ella sirve de orientación para la transformación institucional conducida por un nuevo bloque de actores en el poder. La polarización política en el discurso de Chávez, presente desde la campaña presidencial, se instala en los discursos oficiales, dentro de una estrategia política que busca hacer nítidas las diferencias entre viejos y nuevos actores, viejas y nuevas propuestas. La polarización va acentuando una creciente escisión de la sociedad en dos grandes grupos: los que apoyan y los que adversan al Presidente. La polarización política sirve al gobierno para simplificar la diatriba política y acumular fuerza para sostener los cambios institucionales. Su contraparte, las fuerzas que se oponen a estas nuevas élites y al proyecto político emergente, también hacen uso de un discurso altamente polarizado para cohesionar sus bases y rechazar los cambios y nuevos dirigentes.
Si la atmósfera política de fines del siglo XX fue convulsionada, la de los primeros años del gobierno de Chávez exacerba aún más las tensiones. La movilización sigue su curso ascendente, las tasas de homicidios y de otros hechos violentos también (Provea, diversos años). La polarización continúa deteriorando la convivencia pacífica y la calidad de la vida cotidiana. La confrontación crece en su agresividad y se dan estallidos de violencia en la calle, entre actores sociales y políticos. El discurso presidencial descalifica a los adversarios políticos: “escuálidos”, “puntofijistas” y “vende patrias” son algunos de los calificativos que se les indilga. En el otro extremo, las fuerzas de oposición son lideradas por factores de poder, principalmente por empresarios y medios de comunicación privados, que a través de su dominio sobre el espacio mediático y la prensa, tornan casi invisibles los apoyos del oficialismo, descalifican como “hordas” y “turbas” a sus simpatizantes y agigantan los eventos políticos opositores [2].
En 2001 las tensiones escalaron para alcanzar su clímax en 2002. Las fuerzas de oposición, lideradas por el presidente de la Federación de Cámaras de la Industria y el Comercio (Fedecámaras), Pedro Carmona Estanga, logran un importante éxito con la realización del paro cívico del 10 de diciembre, convocado en rechazo a la aprobación por decreto, gracias al procedimiento de una Ley Habilitante, de 49 leyes por parte del Ejecutivo Nacional (López Maya, 2002a).
Los hechos que llevarían al paro y su desenlace comenzaron meses antes con la entrega por parte del gobierno de tierras a familias campesinas, lo que despertó un conflicto virulento con sectores de productores, que se incrementó por la aprobación, vía Ley Habilitante, de la Ley de Tierras. En noviembre el gobierno se confrontó con sectores de la pesca industrial, adversos a la también aprobada por vía habilitante Ley de Pesca. El gobierno mereció fuertes rechazos entre personalidades cercanas al sector petrolero, por la nueva Ley de Hidrocarburos. Se añadió a este descontento el conflicto con diversos sectores educativos por la Ley de Educación que se discutía en la Asamblea Nacional, y las tensiones con el sector sindical, luego de las elecciones directas celebradas en sindicatos, federaciones y la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV). El gobierno actuaba de manera contradictoria, a veces expresando disposición a discutir con los afectados, pero más frecuentemente cerraba el diálogo. Pese a contar con una mayoría holgada en la Asamblea Nacional, prefirió hacerse aprobar una Ley Habilitante y decretar estas leyes esenciales al proyecto político gubernamental, retrayéndolos de la consulta, el debate y la negociación expresados como obligatorios en la CRBV. El gobierno también se confrontó con algunos aliados, como el alcalde de Caracas, y con el partido MAS. Por si fuera poco, algunos funcionarios estallidel gobierno hicieron declaraciones sobre el atentado del 11 de septiembre en las torres gemelas de Nueva York, que produjeron roces con EE. UU. y miembros de las Fuerzas Armadas venezolanas.
La movilización lograda por el paro cívico unificó y dinamizó al sector opositor, que envalentonado por los masivos apoyos recibidos, también se cerró al diálogo exigiendo la derogatoria de las 49 leyes aprobadas por Habilitante. Se creó la Coordinadora por la Democracia y la Libertad, conocida como “Coordinadora Democrática” (CD), como organización paraguas para agrupar a todas las fuerzas opositoras y desde donde las cúpulas del empresariado, los medios, la CTV, la Iglesia Católica y la gerencia de Pdvsa, esta última cada vez más activa en su descontento hacia la política petrolera, fueron dirigiendo las actividades de oposición. El gobierno respondió agudizando la polarización y amenazando con una ley para controlar los medios. Chávez comenzó a vestirse de militar.
En los primeros meses de 2002 la sociedad caminaba hacia un callejón sin salida. Dos polos extremadamente polarizados políticamente ocupaban los espacios del debate público, asfixiando instituciones y prácticas democráticas, y dando la impresión de que no había otra salida salvo la violenta. La calle se fue calentando con marchas y contramarchas, y con la furia de los cacerolazos en las noches. Por febrero, en medio de crecientes rumores de descontento militar, en un artículo que escribimos, planteamos tres posibles salidas, ninguna favorable a la sociedad venezolana: el golpe de Estado antichavista, visible en los pronunciamientos públicos de militares activos acicateados por grupos civiles; el golpe chavista, evidente en declaraciones de los diputados chavistas Francisco Ameliach y Cilia Flores, que amenazaron con cerrar la vía democrática si las fuerzas que apoyaban al gobierno perdían la mayoría en la Asamblea Nacional. Y la vía que se calificaba como “institucional”, promovida por sectores de oposición, que proponía salir de Chávez en el corto plazo por una vía legal. Decíamos entonces, que esta última tenía en común: “con la salida autoritaria antichavista que ve la solución al deterioro político casi exclusivamente en la salida del Presidente. También coinciden ambas en no diferenciar entre encuestas de opinión y elecciones nacionales. Quienes sostienen esta posición parecen estar convencidos de que la mayoría del país comparte sus criterios y por ello la transición política a un gobierno post chavista sería poco traumática”. (López Maya y L. Lander, 2002). El 11-A cuajó la primera opción y se nos vino el golpe de Estado.
El atajo de la violencia
Diez años después del 11 de abril de 2002 sigue siendo difícil confrontarse con los hechos de aquel día, cuando todas las locuras de que somos capaces los venezolanos parecieron haber hecho acto de presencia. En los años inmediatamente posteriores reconstruí los sucesos a partir de múltiples fuentes (López Maya, 2002b; 2003; 2005). En años recientes han aparecido algunos testimonios más y un libro que a través de entrevistas a profundidad ha arrojado datos más precisos con relación al entorno militar y civil más cercano al Presidente, así como sobre la vivencia de las víctimas del estallido violento en El Silencio (Nelson, 2009). Dar los pormenores del día, hora a hora, no es el propósito en este ensayo, pero es necesario volver a sus grandes hitos y reiterar la reflexión que hice hace ya seis años, y que considero que sigue siendo válida. Los nuevos datos corroboran que aquel día actores con proyectos opuestos estaban listos para una confrontación violenta. Ahora me parece más claro que algunos de ellos la planificaron, otros la deseaban y la esperaron preparados para aprovecharse de ella; y otros fueron arrastrados por las fuertes emociones del día. Al final, pagaron decenas de familias venezolanas con las muertes de sus seres queridos, la inmensa mayoría de ellos ciudadanos de a pie, cogidos en la tempestad, ajenos e ignorantes de la real dimensión de la lucha de intereses que se estaba librando.
El 11-A tuvo como desencadenante directo el paro laboral de los empleados de Pdvsa, motivado por el nombramiento en febrero de una nueva junta directiva por parte del Presidente. Si bien estos nombramientos constituyen una atribución legal del Ejecutivo Nacional, la alta gerencia de la empresa mostró su rechazo, argumentando que el gobierno de Chávez había desconocido los criterios “meritocráticos” que eran consuetudinarios y procedían de la gestión interna de la empresa. El paro petrolero fue apoyado por la CTV, que llamó el 9 de abril a un paro laboral de veinticuatro horas en solidaridad con Pdvsa. El paro contó con la solidaridad también de Fedecámaras y de la Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica. Este paro no tuvo un masivo respaldo como el paro cívico del anterior 10 de diciembre. Sin embargo, la CTV prolongó el paro veinticuatro horas más y esa tarde, el 10 de abril, sin tampoco este paro haber mostrado contundencia, declaró una huelga indefinida. Con esa acción, qué duda cabe, la CTV revelaba una estrategia insurreccional. La acción fue apoyada por Fedecámaras, organizaciones sociales auto identificadas como “la sociedad civil” y partidos políticos de oposición. Un dirigente de Primero Justicia declaró: “Vamos hasta el final, hasta que caiga Chávez” (Martínez en López Maya, 2002b). La CD convocó a una marcha de solidaridad con el paro para el día siguiente, 11 de abril. La ruta fijada fue del Parque del Este al edificio de Pdvsa en Chuao, ambos en el este de la ciudad de Caracas. La marcha fue multitudinaria, promovida masivamente por los medios privados de comunicación, que alteraron su programación para cubrir y estimular sostenidamente la incorporación de la gente a la protesta. Era una especie de fiesta colectiva, que solicitaba nada menos que la renuncia del Presidente. Un Presidente electo masivamente en 1999 y relegitimado en otro proceso electoral en 2000. Pero las encuestas de opinión decían que su apoyo político había menguado.
Al llegar la marcha a Pdvsa Chuao, era sin duda una de las movilizaciones populares más numerosas registradas en la historia de Venezuela. Los dirigentes de la CD, aparentemente animados por las dimensiones de la marcha, arengaron a la multitud para que siguiera su camino hacia el centro de la ciudad, hacia el Palacio Presidencial de Miraflores, para, en palabras del presidente de la CTV, “salir de Chávez”. Y allí fueron, incitados por la permanente convocatoria de los medios privados de comunicación audiovisual. Hacia las 2:00 pm la marcha llegó al centro de Caracas, y se desató en la avenida Baralt la balacera que duraría con intensidad hasta aproximadamente las 5:00 pm, y seguiría intermitentemente hasta la noche.
Las acciones de la contraparte, los chavistas, se desarrollaban desde hacía también tres días en los alrededores del Palacio Presidencial. Allí los simpatizantes del gobierno, espontáneos u organizados en círculos bolivarianos, hacían vigilia protegiendo al mandatario. Al saberse que la marcha de la oposición había decidido proseguir hasta Miraflores, los partidos del gobierno convocaron de urgencia a la militancia para rodear la sede del poder político. A diferencia del polo opositor, los medios públicos eran en ese momento pocos y de débil cobertura, los medios privados casi no cubrían lo que hacían los simpatizantes del Presidente, de modo que el polo oficialista era poco visible. Incluso había quienes en la marcha de oposición estaban convencidos de que era inexistente, que Chávez había perdido su piso político. Los sentimientos en el polo chavista, a diferencia de la fiesta que se desarrollaba en la marcha, eran de creciente ira, seguramente mezclados con temor. Se agolpan alrededor de Miraflores con gritos de “¡no pasarán!” Al aproximarse físicamente ambas multitudes en el centro de la ciudad, dos cinturones, uno de la Policía Metropolitana, controlada por un alcalde de oposición y otro de la Guardia Nacional, controlada por el Ejecutivo, trataron de mantenerlos separados con bombas lacrimógenas y perdigones, en un esfuerzo vano por impedir la violencia. Sin embargo, ambos cuerpos de seguridad esa tarde terminaron disparando armas de fuego sobre los civiles. Se da una batalla campal, donde la violencia alcanzó ribetes dramáticos. También se reporta la acción de francotiradores en distintos edificios. Al caer la tarde el saldo es de dieciséis muertos, pro y antichavistas y decenas de heridos (López Maya, 2005, Nelson, 2009).
En los corredores del poder los hechos son complejos y algún conocimiento de ellos ha ido emergiendo con los años. La información ha puesto en evidencia, del lado opositor, el desarrollo de acciones conspirativas en varios espacios. Parece haber un golpe de Estado “consensual” por llamarlo de alguna manera, entre factores de poder, partidos políticos de oposición y organizaciones sociales de oposición. Parece incuestionable la participación activa en ella de la CTV, Fedecámaras, dueños de medios privados de comunicación, figuras de la jerarquía de la Iglesia Católica, sectores militares y alta gerencia de Pdvsa. Es menos clara la implicación de organizaciones y movimientos sociales, e incluso de partidos como tales, que parecen en general haber servido más bien de carne de cañón, aunque no se descarta que algunos dirigentes de AD y Copei estuvieran en la conspiración. A la cabeza de esta insurrección se coloca el presidente de Fedecámaras. Los objetivos planteaban una renuncia o el derrocamiento incruento de Chávez, y preparaban un gobierno de amplitud que convocaría a nuevas elecciones.
Carmona es también la cabeza de otra conspiración más reducida, militar y excluyente, la encabezada por las figuras del vicealmirante Héctor Ramírez Pérez, jefe del Estado Mayor de la Armada, el contralmirante Daniel Comisso Urdaneta, jefe de Planificación de la Inspectoría de la Fuerza Armada Nacional, el contralmirante Carlos Molina Tamayo y el general Néstor González González, entre otros. Estos militares grabaron un video ese día 11, desconociendo la autoridad del Presidente, y pidiendo la renuncia de la cúpula militar. Reconocieron, en un programa de televisión del día 12 de abril, haber estado conspirando desde septiembre de 2001. Este golpe, que contó con el apoyo de empresarios como Isaac Pérez Recao, y figuras de la jerarquía eclesiástica como el cardenal José Ignacio Velasco, fue el que prevaleció en la mañana del 12 de abril, y expresó su orientación en el decreto N° 1 del gobierno de Carmona, que abolió el estado de derecho. Al prevalecer este grupo, quedaron excluidos sectores como los trabajadores de la CTV y se impuso el no llamado inmediato a elecciones. Otros sectores militares, decisivos en la caída del presidente Chávez ese 11-A, como el general de división Efraín Vásquez Velasco, Comandante General del Ejército, y el general Manuel Rosendo, jefe del Comando Unificado de la Fuerza Armada Nacional, parecen haber sido arrastrados a la salida extra constitucional, el mismo día 11, por los sucesos violentos contra la marcha de la oposición, de los que responsabilizaron al Presidente. Molestos con anterioridad por conductas previas de Chávez, que juzgaban contrarias a la legalidad institucional, el día 11 rehusaron implementar el Plan Ávila y le retiraron el apoyo, con lo cual fueron decisivos en su caída. No obstante, casi enseguida se sintieron frustrados en sus aspiraciones, por la deriva autoritaria y plutocrática de Carmona (Nelson, 2009).
La información actual señala que el Presidente sabía de la conspiración de los militares de la Armada y se había preparado para sacarle provecho. Las entrevistas que sustentan la narración de los acontecimientos recogida en la obra The Silence and the Scorpion (Nelson, 2009) apuntan a un Chávez que buscaba seguir avanzando su “revolución”, profundizando las contradicciones y la polarización, y construyendo un andamiaje paralelo a las Fuerzas Armadas Nacionales para ese propósito, pues – con razón– desconfiaba de que éstas lo apoyarían en esa dirección. Según este análisis, se produjo una reunión el 7 de abril en Miraflores, el mismo día en que Chávez despidió a gerentes de Pdvsa de manera ofensiva en su programa Aló Presidente. De acuerdo con la versión del general Francisco Usón, ministro de Finanzas, asistieron a esta reunión miembros del gabinete ejecutivo, el fiscal general Isaías Rodríguez y el Alto Mando Militar. En esa reunión el Presidente informó sobre el peligroso contenido del paro opositor y pidió información detallada sobre el Plan Ávila para reactivarlo si fuera necesario. Mientras el general Rosendo explicaba detalles de dicho Plan, se incorporaron miembros del “Comando Táctico de la Revolución” (CTR), Freddy Bernal, Cilia Flores y Guillermo García Ponce. Los militares callaron y cambiaron de tema –el Plan Ávila es secreto militar– y quedaron negativamente sorprendidos al ver cómo el Presidente se transformaba para asumir el rol de jefe de una revolución. Según Usón, ya no era el presidente de Venezuela sino el jefe de un movimiento político. Con los militares presentes e incómodos, el TCR discutió el empleo de los círculos bolivarianos como fuerza paramilitar para defender a Chávez. Se habló de cómo y con qué armarlos. También se discutió acerca de cómo usar a la Guardia Nacional para tomar Pdvsa por la fuerza, y de repartir bonos a los empleados de la petrolera para quebrar el paro laboral. Los militares estaban alarmados, consideraban inconstitucionales esos planes. Y aprendieron que el Presidente construía de modo paralelo a la institucionalidad, organizaciones y estructuras que, como los círculos bolivarianos, le garantizarían su proyecto político revolucionario. El 11-A Chávez ordenó a Rosendo activar el Plan Ávila y éste se negó aduciendo reagrupaque era ilegal, y que las FF.AA. no estaban, ni en la teoría ni en la práctica, equipadas para enfrentarse a una marcha civil. Igualmente Lucas Rincón y Vásquez Velasco expresaron la inconveniencia de apelar a este recurso. Sólo el general Jorge García Carneiro buscó activarlo sacando unas tanquetas desde el Fuerte Tiuna, pero tuvo escaso éxito pues a una orden de Rosendo regresaron a sus resguardos.
De acuerdo con estas circunstancias, ni la violencia de ese día fue seriamente evitada, ni había, ya cuando estalló, claras voluntades y directrices para controlarla. La Policía Metropolitana y la Guardia Nacional no sólo se encontraron en el medio de dos multitudes que con los primeros tiros estaban enardecidas y dispuestas a todo, sino que estaban dirigidas por dos parcialidades políticas que intentaban la aniquilación del otro. A los círculos bolivarianos, el ministro de la Defensa, José Vicente Rangel, pidió armarlos con palos, navajas y piedras (Nelson, 2009: 52). El CTR contaba con pistoleros entrenados, se calcula unos sesenta, que se movían entre los civiles desarmados pro chavistas buscando protegerlos (Id.: 94). Sigue siendo un misterio quiénes eran los francotiradores de los edificios Edén y El Nacional, y de dónde procedieron los primeros disparos. Todos los proyectiles extraídos a los muertos y heridos ese día fueron, según narró uno de los médicos del Hospital Vargas, recolectados por la Fiscalía General, para luego desaparecer (Id.: 106). Sin duda, por las características de esas balas, dispararon sus armas de fuego tanto policías metropolitanos como guardias nacionales. Fue un día trágico para la democracia venezolana. A las 8:00 pm el general Vásquez Velasco realizó su alocución en cadena nacional pidiendo perdón al pueblo venezolano por no haberlo defendido con propiedad esa tarde y anunciando, en su calidad de Comandante General del Ejército, que había ordenado a los militares que permanecieran en sus cuarteles, desobedeciendo al Presidente. Dijo que no era un golpe de Estado (Nelson, 2009:133). Pero claro que lo era (Rey, 2002).
Después de esta alocución, los eventos se suceden uno tras otro hasta la salida del presidente Chávez hacia el Fuerte Tiuna a las 4:00 am del día 12, donde queda detenido, y el anuncio de Carmona Estanga, hacia las 5:00 am, de haber sido designado como el Presidente provisional. Entre los sucesos, destaca la alocución del general Rincón informando de la renuncia del Presidente a las 3:20 am.
El desmontaje de este golpe de Estado y el regreso del presidente Chávez en la madrugada del 14 de abril son también hechos sorprendentes, con visos de película de Hollywood. Fueron los pasos de Carmona en la madrugada de ese 12 de abril –negociando, a espaldas del amplio espectro de actores políticos y sociales que aunaron esfuerzos en la marcha y en el “golpe consensual”, un gabinete de transición con sectores empresariales y militares, donde predominaron los grupos de Pérez Recao y Ramírez Pérez respectivamente–, lo que desbarata la frágil alianza con Carlos Ortega, presidente de la CTV y con casi todo el resto de los actores civiles (Poleo, 2002). El descontento de los militares que el día 11 fueron decisivos en la caída de Chávez, pero que no obtuvieron cargos en el gabinete de transición, junto al increíble decreto N° 1, que disolvió todos los poderes públicos y removió todas las autoridades electas, hizo al gobierno de Carmona insostenible. Los militares se reagruparon y el presidente Chávez regresó para reasumir el poder en un final de película.
Como conclusión: la deriva autoritaria de Venezuela
Al volver sobre estos procesos y acontecimientos del 11-A, con nuevos aportes, llama nuestra atención la poca valoración que muchos de los actores de este drama tenían de las instituciones democráticas construidas en la segunda mitad del siglo XX. Sin duda, no es una actitud del todo coherente, pues hay también señales de valoración positiva del hilo constitucional. Pero la cultura autoritaria de las élites, tal como se expresó en los dos polos durante este evento, despeja el camino para la deriva autoritaria que de manera creciente viene padeciendo la sociedad.
En el amplio espectro de las fuerzas de oposición, la polarización política había llevado a una significativa distorsión, tanto de la realidad, como de los recursos y procedimientos válidos para enfrentar un gobierno legítimamente electo, que mostraba señales de despreciar la institucionalidad y legalidad que le servía de base. Sin duda, había elementos del gobierno que alimentaban una legítima indignación moral. Y aunque la vocación autoritaria estaba a la vista sobre la coalición de fuerzas que se alzó con el poder el 12 de abril en la madrugada, para el resto de los actores comprometidos en lo que aquí he llamado el “golpe consensual” la situación es más ambigua. En ellos no deja de sorprender la ignorancia e ingenuidad política de sus actuaciones, atribuible a un complejo de factores, donde resaltan los procesos de rechazo a la política y a los políticos, que creaban el espejismo del fin deseable de los partidos, de la representación, del diálogo y de la construcción de alianzas y acuerdos. El liderazgo en este polo político compuesto por empresarios, dueños de medios de comunicación, líderes de una “sociedad civil” que se creía destinada a suplantar a los dirigentes políticos, los privó de los recursos políticos necesarios para evaluar el enorme gazapo que iban a cometer, y que seguirían cometiendo en los meses siguientes. El paro petrolero de diciembre, dirigido por una gerencia técnica como era la de la empresa, profundamente arrogante y ajena al saber y a las virtudes de quienes se forjan en el combate político, ahondó en esta ambigüedad. Al sopesarse la realidad social desde el prisma de los intereses particulares de cada movimiento u organización social, y al combinarse con la nefasta polarización política, se creó un mundo imaginario de nosotros los buenos contra los malos, estos ya en disminución y retirada. El rol activo de los medios de comunicación privados en los meses previos, que hicieron uso particular de un instrumento de vocación pública, terminó por convencer a este polo de que las encuestas eran lo mismo que procesos electorales, que su razón se imponía sobre las leyes, que sacar a un Presidente impopular con una marcha festiva era un objetivo realista, deseable, épico. La política la estaban haciendo unos analfabetas políticos, con la excepción de Carlos Ortega. La conducta del presidente de la CTV fue más matizada, y sus torpezas e irresponsabilidad pueden explicarse más bien en las distorsiones de un liderazgo disminuido y corrompido en la confederación laboral más importante del país.
Volviendo sobre la conducta del polo gubernamental, las contundentes victorias electorales del oficialismo desde 1998 habían fortalecido su legitimidad para los cambios profundos que buscaban obtener. Con la CRBV en la mano y con mayoría en la Asamblea Nacional, el uso constante de leyes habilitantes para aprobar decretos que la nueva institucionalidad exigía consultar con los afectados, insinuaba una contradicción entre el discurso y la práctica de las nuevas élites, particularmente del Presidente. El mantenimiento del discurso polarizador seguía ahondando los resentimientos entre sectores sociales. Para los militares en los más altos cargos dentro de la rama militar del gobierno, esta contradicción se explicaba como una escisión entre el rol de Chávez como Presidente y como “jefe revolucionario”. Estos militares se convencieron de que Chávez tenía objetivos distintos a los pautados en la CRBV y, entre sus planes, venía construyendo un cuerpo paramilitar paralelo al institucional comandado por el CTR. Fueron estos militares, encabezados por Vásquez Velasco, quienes al retirarle su apoyo al Presidente determinaron su caída. Sin embargo, la interiorización que su formación les inculcó sobre su rol institucional, y quizás factores personales, les impidieron asumir el golpe de Estado. En esas circunstancias, el golpe fue secuestrado por Carmona y su grupo de confianza. Al ver la deriva autoritaria y de extrema derecha, los militares recogieron su apoyo y permitieron el retorno de Chávez.
Los difíciles días que vivió el Presidente Chávez parecen haberlo marcado para siempre. Pese a que prometió rectificación y pidió perdón por el despido público e insultante a los gerentes de Pdvsa, ante las señales dadas en los meses siguientes por parte del polo opositor de continuar en la vía violenta para derrocarlo, el Presidente y el polo oficialista se fueron radicalizando en sus tendencias “revolucionarias”. Al golpe del 11-A sucederán las marchas y contramarchas de antichavistas y chavistas, algunas con saldos violentos; la insurrección militar en la plaza Francia de Altamira, el paro general de la industria petrolera, dirigido por una gerencia que había sido perdonada por su actuación en el 11-A. En 2003, el polo opositor insistió con acciones como guarimbas y cortes de vías, algunas violentas. El gobierno logró sobrevivir a estas insurrecciones, y posteriormente, gracias a la facilitación internacional, superó la crisis política con el referendo revocatorio de 2004. En 2005, los partidos de oposición, alegando un venidero fraude electoral, se retiraron una semana antes de las elecciones parlamentarias, con lo cual el gobierno ocupó 100% de los curules. Lejos de debilitarse, invicto, el presidente Chávez –fortalecido en su liderazgo y apoyado ahora por las FF.AA. y por sectores populares, la mayoría organizados y algunos armados por el gobierno–, tuvo el campo despejado para consolidar su proyecto político. Pero ya ese proyecto no se expresa en la CRBV. La relación de fuerzas en la coalición chavista ha cambiado y él se ha fortalecido. Es hora de hacer avanzar el proyecto “revolucionario” de sus sueños, expresado en sus discursos como una “radicalización de la democracia participativa” pero que en realidad es un proyecto que la contradice. Entramos en una segunda fase del gobierno de Chávez, la de construcción de un régimen militarista, afín a los autoritarismos estatistas del siglo XX, que él busca dirigir y controlar indefinidamente.
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[1]. El término fue acuñado por Barrington Moore Jr. y refiere a los sentimientos que se generan cuando en una sociedad alguna autoridad o gobierno, o también los gobernados, viola los límites aceptables para la convivencia social. Los límites permitidos pueden ser explícitos o estar implícitos en las costumbres y modos de comportamiento social (1978: 83).
[2] Sobre la polarización política y su dimensión simbólica puede verse, entre otros, el tema central de la Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, N° 2 de 2004.
Referencias
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López Maya, Margarita (2002a): “El paro cívico del 10 de diciembre”, Nueva Sociedad. N° 177, pp. 8-13.
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__________ (2003): “Insurrecciones de 2002 en Venezuela: causas e implicaciones” (en José Seoane, comp., Movimientos sociales y conflictos en América Latina. Buenos Aires, Clacso-Asdi, pp. 23-40.
__________ (2004): “La legitimidad para unos es ilegitimidad para otros: polarización y golpe de Estado en Venezuela”, Ecuador Debate. N° 62, agosto, pp. 103-118.
__________ (2005). Del Viernes Negro al referendo revocatorio. Caracas, Alfadil Eds.
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López Maya, Margarita, D. Smilde y K. Stephany (2002): Protesta y cultura en Venezuela: los marcos de acción colectiva en 1999. Buenos Aires, Clacso-Asdi.
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Poleo, Patricia (2002): “Recuento sobre los sucesos entre el 11A y el 14”, aparecido en el diarioEl Nuevo País, 16, 17 y 18 de abril.
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Rey, Juan Carlos (2002): “Consideraciones políticas sobre un insólito golpe de Estado”, SIC. Vol. LXV, no. 646, encarte.
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