jueves, 6 de noviembre de 2014

El payaso y sus pecados Oswaldo Polgar Pérez


El payaso y sus pecados

OSWALDO PULGAR PÉREZ |  EL UNIVERSAL
jueves 6 de noviembre de 2014  12:00 AM
Cuentan que estaba un sacerdote confesando en la Iglesia y había una larga cola de feligreses esperando su turno. De pronto, el último que se acababa de confesar salió del confesionario y comenzó a hacer piruetas en el aire, se agarraba de las lámparas y saltaba de una a otra. Había unos andamios para  pintar los techos y allí aterrizaba para coger de nuevo impulso y reiniciar el espectáculo.

Quienes esperaban su turno fueron desapareciendo uno a uno y rápidamente, considerarse incapaces de cumplir esas penitencias. Resulta que no era así. Sencillamente, el pecador en cuestión era un ignorante y no sabía rezar. Pidió permiso al confesor para hacer por Dios lo único que había practicado por muchos años en el circo: hacer piruetas y hacer reír a la gente.

Muchos piensan que la santidad es algo tan lejos del alcance de nuestra mano, que es poco menos que imposible alcanzarla. Y no es así. Decía Benedicto XVI que mucha gente tiene un concepto equivocado de la santidad, como si las personas beatificadas o canonizadas fueran súper hombres o súper mujeres. Decir "virtud heroica –escribía-, no quiere decir que el santo sea una especie degimnasta de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. (...) En ese caso, la santidad estaría reservada para algunos "grandes" de quienes vemos sus imágenes sobre los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores".

Y concluía el cardenal: "esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida por san Josemaría Escrivá (el Papa escribía en L'Osservatore Romano), y punto central de sus enseñanzas". De modo que ser santo es tener intimidad con Dios, ofrecerle lo que hacemos, tratar de ser mejores personas cada día, cumplir nuestros deberes, sonreír cuando no tenemos ganas, etcétera.

"Ser santo –continuaba- no comporta ser superior a los demás: por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz".

Podemos concluir –como nos ha dicho la Iglesia- que todos estamos llamados a la santidad. A no ser cristianos mediocres. Decía Saint Exupery: "Si quieres construir un barco no te pongas a repartir tablas y herramientas. Despierta en tus hombres los deseos de salir al mar".

opulgarprez6@gmail.com

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